
El propio término de cognición artificial es un oxímoron. Wikipedia define cognición como «La capacidad de un ser vivo para procesar información a partir de la percepción, el conocimiento adquirido (experiencia) y características subjetivas que permiten valorar la información». Luego, la cognición es una actividad intrínsecamente humana. Ni se nos ocurre pensar que exista ese proceso en entidades artificiales. Y, sin embargo, estamos ya observando cómo máquinas como ChatGPT, Synthesia, las nuevas inteligencias artificiales que vendrán Microsoft Copilot y una infinidad de otras van a aprender, razonar, memorizar, tomar decisiones; empezamos a encontrar normal que una máquina razone, o incluso que aprenda, pero los pelos se nos erizan cuando sospechamos que una entidad artificial adquirirá capacidades tan inherentemente humanas como la toma de decisiones o los sentimientos. Tendremos que convivir con el hecho de que ya no somos las únicas entidades que piensan en el planeta; tendremos que acostumbrarnos a coexistir y colaborar con inteligencias no humanas, frente a las que nuestra humanidad será retada y definida.
Veremos muestras de esta hipercognificación en muy diversos ámbitos. Por ejemplo, presenciaremos cómo los videojuegos generarán en vivo la música más adecuada para acompañar tanto la acción de la pantalla como nuestro estado de ánimo; máquinas en la nube generarán contenidos que nos entretendrán y nos informarán; nos sorprenderemos ante ropa que le diga a la lavadora cuán sucia está y cómo debe lavarse; veremos a enfermeras ajustando la medicación en función de los datos biométricos que los sensores proporcionen continuamente sobre el estado del paciente; veremos coches tomando decisiones de conducción en función de los datos de tráfico y del pronóstico del tiempo.
Es una creencia común que las máquinas son incapaces de competir con los humanos en la generación e interpretación de ciertos tipos de conocimiento. Entre estos territorios vedados a las máquinas estarían el reconocimiento de patrones, la intuición y la creatividad. En este sentido, es habitual escuchar que las máquinas serán capaces de realizar tareas repetitivas de manera muy eficiente, pero serán incapaces de crear conocimiento nuevo, o de generar belleza. Pues bien, estamos a punto de ver como esas fronteras de lo humano van a ser dinamitadas. Lo disruptivo de la oleada de inteligencia artificial que está llegando es que no se limita a aburridas actividades procedurales. Estamos viendo máquinas capaces de escribir sesudos artículos de investigación sin intervención humana; otros programas son capaces de crear música, incluso sinfonías completas, o de escribir poemas que son fundamentalmente indistinguibles de los creados por personas.
Estamos presenciando un avance importantísimo en el reconocimiento de lenguaje natural, en la comunicación verbal, en la visión por computador, en el aprendizaje automático, progresos que parecían imposibles. Estamos viendo cómo la frontera que limita el territorio en el que los humanos somos y seremos superiores a las máquinas va a ir desplazándose. Si hace unos años, la inteligencia humana era soberana en todo lo que supusiese inteligencia compleja, esa frontera se desplazó a la creatividad o al reconocimiento de patrones. Estos límites también se moverán, hacia, por ejemplo, el emprendimiento, la innovación o la empatía. Nuestro oficio, el de la Consultoría, se verá también, como muchos otros, amenazado por la inmediata respuesta de máquinas casi gratuitas, a las preguntas de nuestros clientes.
Posiblemente en los próximos años presenciaremos cómo las máquinas invadirán nuestros espacios de confianza, nuestros territorios de aportación de valor. Es difícil estar seguros de que las tareas que estamos realizando hoy, incluso las más inequívocamente ligadas a capacidades humanas, van a resistirse a la tendencia de cognificación. Las máquinas van a ser cada vez más creativas, lo que nos forzará a encontrar un nuevo ámbito en el que los seres humanos seamos netamente superiores. Nos vamos a encontrar ante el reto de redefinir el espacio de juego para nuestra inteligencia. Hoy nuestro espacio reservado es el de la ideación. Pero ¿por cuánto tiempo seremos los únicos capaces de idear nuevos conceptos? ¿Qué nos pasará cuando esa frontera también sea abatida?
¿Cuál es el espacio de los seres humanos ante las inteligencias no humanas? Cuando las máquinas se encarguen de la mayoría de las decisiones rutinarias y de las actividades administrativas, ¿cuáles serán las tareas a las que se dedicarán los humanos? La respuesta inmediata suele ser a aquellas para las que sea necesaria creatividad e intuición. Cada vez más estamos viendo cómo en la literatura de management se le da más importancia a estas habilidades, con libros en los que se recomienda a los directivos centrarse en las decisiones difíciles, confiar en su intuición y su experiencia, abandonar el micromanagement de las decisiones básicas y diarias para maximizar su aportación de valor en las decisiones complejas, es decir, centrarse en explotar al máximo las capacidades del sistema intuitivo del que hablaba Daniel Kahneman. Se supone que los seres humanos son imbatibles en este tipo de elecciones complejas, pero mi sospecha es que esa ventaja competitiva sobre las máquinas va a desaparecer a corto plazo. Del mismo modo en que una máquina por sí sola es capaz de responder a preguntas complejas, podrá tomar decisiones tan poco procedurales, tan supuestamente intuitivas, como seleccionar un candidato para el puesto que necesitamos cubrir o determinar la mejor estrategia para comercializar un producto. El futuro dirá, pero parece evidente que lo realmente significativo de la revolución de la inteligencia artificial es cómo va a obligar a repensarnos como humanos.